Diseñadora, artesana, acuarelista y tallerista, la peruana Liliana Martínez entiende la creación como un acto profundamente colectivo. En diálogo con Alpamoda, recorrió una vida atravesada por los viajes, el trabajo manual y la enseñanza, convencida de que el conocimiento solo adquiere valor cuando encuentra nuevas manos dispuestas a continuarlo.
En un mundo que suele valorar la obra terminada, Liliana Martínez prefiere detenerse en el proceso. Allí donde otros ven una acuarela, un bolso teñido a mano o una pieza artesanal, ella encuentra conversaciones, aprendizajes y personas que hicieron posible cada creación. Quizá por eso su recorrido no puede medirse solamente por lo que produjo, sino también por todo lo que fue aprendiendo a su paso.
Durante la entrevista concedida a Diaflor Quiñones para Alpamoda, la diseñadora peruana recordó que el arte siempre estuvo presente en su vida. Creció rodeada de oficios donde la creatividad formaba parte de la cotidianeidad: un abuelo sastre, una madre costurera y un padre artesano fueron construyendo un universo donde coser, dibujar o fabricar objetos era una manera natural de habitar el mundo. “No estudié por moda, la verdad. Me gusta confeccionar, me gusta crear”, explicó al señalar que eligió el diseño porque encontraba allí el punto de encuentro entre la costura y la expresión artística.
Sin embargo, su historia pronto desbordó el ámbito del diseño de indumentaria. Impulsada por un profundo deseo de conocer nuevos lugares, encontró en la artesanía una forma de financiar sus viajes. Desde 2007 comenzó a recorrer distintos rincones del Perú elaborando y vendiendo pulseras, collares, bolsos y objetos creados íntegramente con sus manos. Ese recorrido no solo le permitió sostener económicamente su modo de vida, sino también descubrir una comunidad de artesanos unida por la solidaridad y el intercambio permanente.
Lejos de romantizar ese oficio, Liliana también aprovechó la conversación para visibilizar una realidad que pocas veces ocupa el centro del debate. Reclamó mayor reconocimiento para quienes producen artesanías y venden sus creaciones en espacios públicos, convencida de que detrás de cada pieza existe una historia irrepetible. Según sostuvo, ningún objeto artesanal puede replicarse exactamente porque cada creador deposita en él una parte de su sensibilidad y de su experiencia.
Su curiosidad la llevó a explorar múltiples lenguajes. Además del diseño y la confección, aprendió técnicas de teñido, trabajó con pigmentos naturales, experimentó con el shibori, confeccionó accesorios con piedras y cuarzos, y desarrolló una profunda relación con la acuarela. Este último lenguaje terminó convirtiéndose en una de sus formas favoritas de expresión porque, según explicó, le ofrece una libertad que no encuentra en otras disciplinas pictóricas.
Esa misma búsqueda la condujo hacia la enseñanza. Convencida de que el arte también puede sanar, comenzó a coordinar talleres de acuarela concebidos como espacios de encuentro y expresión emocional. Más tarde extendió esa experiencia a centros de rehabilitación y a grupos de niños, descubriendo que muchas veces una hoja en blanco y algunos colores pueden convertirse en el punto de partida para reconstruir vínculos, fortalecer la autoestima o simplemente abrir una conversación.
Los viajes terminaron ampliando aún más esa mirada. Recorriendo distintas regiones del Perú fue descubriendo la extraordinaria diversidad cultural del país a través de los bordados, las prendas tradicionales, los colores y las técnicas textiles propias de cada comunidad. “Iba a un lado y veía un mundo; me iba a otro lado y veía otro mundo”, recordó al describir la riqueza que encontró en cada territorio y que hoy continúa alimentando su trabajo creativo.
Aunque participa por primera vez en un certamen de diseño, Liliana dejó en claro que nunca entendió la creación como una competencia. Más que buscar reconocimiento, confesó que decidió sumarse a Alpamoda para adquirir experiencia y expresar su solidaridad con las familias afectadas por la crisis social peruana. Esa misma sensibilidad atraviesa buena parte de su recorrido personal, donde la empatía aparece como un valor inseparable del oficio artístico.
Cuando la conversación se acercaba a su final, eligió dejar un mensaje que trasciende el mundo de la moda. Invitó a los jóvenes a prepararse, a estudiar, a perseguir sus sueños y, sobre todo, a no olvidar el lugar del que vienen. Pero fue otra reflexión la que terminó sintetizando su manera de entender el arte: “No nos sirve de nada quedarnos con lo que sabemos; es mejor dejarlo a la nueva generación”.



